domingo, 5 de agosto de 2012

ADOLECIDOS



Este cuento obtuvo una Mención en el VIII Concurso Literario Bonaventuriano de Poesía y Cuento, de la Universidad de San Buenaventura de Cali, en Colombia, en 2012.



su ah impávido, para igualar el efecto del mil veces mencionado cumplemés, volátil tras la música de la cabina en el fondo, zigzagueando sin pactar entre el suelo mirado y ella, entre la inquietud de las piernas movidas, balanceadas una hacia adelante cuando la otra iba hacia atrás. La plaza, con los bordes alineados bajo la luz de los faroles.
Pero dijiste que sería pronto. Él la veía mantener el compás y no podía ver sus ojos.
¿Eh? Ella balanceando con los brazos apoyados en el banco, el tronco hacia delante.
Que sería pronto dijiste.
¿Eso dije?
Todavía los dos eran silencio avergonzado y observaban la oscuridad brotar de la azotea del docente.
Vamos. Ella de pie.
A dónde. Y él pudo verle al fin los ojos.
Vamos. Ella rumbo a la parte trasera de los albergues. Y él, que reaccionaba para seguirla. Él suponiendo que no se trataba de aquello. Que no lo había previsto así. Para quien no era justo así y, por tanto, tampoco cierto que ella tomase por la acera sur de la escuela tan serenamente, en un acto calculado.
Tuvo la sensación de estar caminando sobre una estela de musgo, pero terminó culpando al olor del polvo y las hojas caídas y húmedas por la lluvia sin suceder de esa tarde. Era esto lo que recordaría. Sin dudas, era esto, o que entonces fue él quien no anduvo sino estuvo, apareció frente a ella, surgió de la nada cuando hacía milenio y medio que la había visto doblar la esquina, temblorosa en la oscuridad pero segura de que no sería descubierto ni sentido su temblor. Ella parapetada en la esquina que formaban los bloques de los albergues y las aulas. Él surgió y desde luego no fue quien la besó o rozó sus labios o los de ella y comenzó a desabotonar el secreto, obedeciendo a un conocimiento que no tenía pero que estaba ahí, intuitivo como el acto de masticar y tragar.
Despacio, Corazón.
¿Qué? Él adivinó, presumió los dientes y enseñó los suyos trabado en algún sitio de la falda o trabada ésta para soltarse sola. Y luego fue pensar en sí mismo, en el defecto, en dónde está, y tantear y descubrir y retener el patrón: bendita humedad o bendita dificultad, enredo momentáneo. Y hacerla parte del suelo y acabar de encontrar, de sentir la presión evasiva de los muslos en alguna, en cualquiera, en todas las partes.
Suave. Y no escuchar oyendo.
Suave. Despacio. O no oír.
Suave. O carecer de un par de sentidos y concentrarse sólo en el tacto desplazado, endurecido hasta lograr fortuitamente enterarse, ya casi sentir que algo está cediendo, o imaginarlo, mientras ella dejaba de empujar, contenerlo en un agarre constante por las caderas.
Él percibió que algo dejaba de existir. El empuje o la contención. El mito inexistente. El más allá que siempre se espera de un fin. Y supo que el producto de la potencia de la potencia de su torpeza, era una ignorancia de nacimiento tan grande y puntual como un conjunto vacío. No supo siquiera que había terminado, ni que ella estaba sin respirar y con cara de ángel agraviado e inconsciente y de otro mundo. Sólo notó que estaba encima y que no podía continuar toda la vida ahí, pero el pantalón le quedaba lejos, allá, a media tibia. Se estiró del único modo que no lo alcanzaría.
¿Y ahora? ¿Y ahora?
De pie te será más fácil.
Sí, claro, y se paró y vio cómo ella demoraba en sentarse; cómo, una vez sentada, antes de pararse encogió las piernas. Cómo sólo cuando él recuperó sus pantalones, ella se puso de pie de un salto, sin queja, denegando o no viendo o no aceptando o repudiando el brazo de él. En un salto tan fuera de tono que él pensó era una farsa lo de la primera vez, pero entonces vio el hilillo.
Nunca podría precisar de dónde salió el rezago de luz. Ahí estaba el hilillo. Primero como un rumor, un atisbo, pero en cuanto ella se adelantó y regresó hacia la acera del polígono, rumbo a la acera sur, dejándole atrás, ignorándole, él pudo ver el hilillo: inexorable, rojísimo en su pierna izquierda, en la blancura de su pierna izquierda, filtrándose en el rollo blanco del calcetín. El hilillo gravitando desde el muslo hacia la tierra. Descendiendo por el calcetín hacia la zapatilla, mientras ella se apoyaba en el saliente del prefabricado, saltaba con fuerza el muro de la turbina y se sentaba en él. En el caso de ella, simplemente alcanzar el muro. Y en el caso de él, ver cómo ella lo hizo y lo haría para siempre en su memoria: saltando, evitando.
¿Te ayudo, amor?
Anotología, premios 2012
Antología de premiados, 2012.
No. Ya lo tuviste, ya lo conseguiste, ¿pero aún el impulso que te impidió retenerlo fue sincero, si yo no he terminado aún de dolerme? Mas esto ella no lo dijo; se contuvo o no lo pensó siquiera sino que tal vez lo sintió. Y luego terminó abrazada a él contra el pasamanos de la escalera, porque sí, porque le agradaba. Él creyendo que la sostenía, abrazado a ella abrazada a él, de manera que no veía el hilillo pero lo percibía, lo soportaba deslizándose por el muslo hacia abajo. La fluctuación de alumnas silentes tomando el pasamano, justo detrás de ellos dos, rumbo a los dormitorios.
Sonó el timbre de las diez y se besaron como siempre y ella empezó a subir. El hilillo también ascendiendo por última vez en la vida de ambos. Desiguales los pasos, confirmando, etéreo el deseo de estirar o flexionar las rodillas a manera de resorte, por un efecto visible solamente para él entre los demás individuos del universo.

A.G.C, 1999.

1 comentario:

  1. ¡Pero, señoer Garcal, si no sabíamos nada de este cuento y su hilillo y de este concurso y de este premio que ganaste sin decirnos nada! Pues ¡mil enhorabuenas!y ¡muy buen cuento, muy requetebueno, tan concentrado, sugerido y como cinematográfico! estás de un productivo: cuentos, poemas, fotos, todo a la vez. que siga así el ritmo de creación.

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